Vivimos en un mundo en el que las palabras IA aparecen por todas partes. Es la moda, y las empresas están muy insistentes en demostrar que los miles de millones invertidos en esta tecnología sirven de algo. Así que ahora la inteligencia artificial quiere reemplazarnos en las actividades más mundanas del día a día.
Spotify ha presentado una característica «inteligente» que ordena las canciones de tu lista de reproducción en función de las pulsaciones por minuto y el tono en el que están. Hace escasas semanas también estrenó una nueva funcionalidad de IA generativa que proporciona explicaciones a las letras de las canciones. Y ya bastante asentado está el DJ personalizado, un asistende de voz que te hace un show de radio personalizado con las noticias del día y las novedades musicales.
Características como las anteriores olvidan que la curación musical necesita una pieza inherentemente humana: la emoción. Ordenamos canciones en base a un sentimiento, a lo que despiertan en nosotros cuando las ponemos juntas. La IA no puede explicar la letra de una canción porque no entiende nada, no tiene raciocinio. Simplemente son algoritmos ordenando millones de datos y palabras que hacen parecer que comprende algo. Y una voz artificial contándote lo que para ella son las novedades del día es de una espeluznante película distópica.
Hay una decisión humana cuando decidimos iniciar una lista de reproducción con una canción y seguir con otra. Y dudosamente está basada en su tono o en las pulsaciones por minuto. Crea y ordena tus listas de reproducción, escucha podcasts, ponte la radio, lee reseñas y explora internet y las bibliotecas digitales en busca de nueva música. Toma tus propias decisiones. La IA generativa solo puede hacer una cosa: regurgitar ideas, siempre igual, pero haciendo que parezca diferente. Porque de la experiencia emocional no sabe ni sabrá nada.






