Robyn es la incitadora de uno de los debates musicales de la última semana. En una entrevista a Capital FM con motivo del lanzamiento de Sexistential, la artista defendió la duración del nuevo disco, de tan sólo nueve canciones y 29 minutos: «¿No crees que los discos pop largos se hacen aburridos? […] Creo que 40 minutos es la máxima duración a la que puedo prestar atención», confesó al entrevistador.
Robyn no va tan desencaminada de la realidad. The Romantic, el nuevo álbum de Bruno Mars, tiene también nueve canciones, al igual que U de underscores. Y pocos se atreven a superar los 40 minutos: los últimos proyectos de Harry Styles, Taylor Swift, Slayyyter o Charlie Puth se encuentran en torno a esta marca.
Algunos defienden que este acortamiento es una consecuencia de los tiempos, en los que capturar la atención del público durante mucho rato es cada vez más difícil: nos hemos acostumbrado, quizás demasiado, a los vídeos en formato corto de Instagram o TikTok, que incluso tienen que introducir un gancho cada pocos segundos para que no nos vayamos a otra cosa.
Por el contrario, hace menos de dos años Taylor Swift lanzó un doble disco de 31 canciones y más de dos horas de duración (The Tortured Poets Department: The Anthology) que acumuló más de 300 millones de escuchas en sus primeras 24 horas en Spotify. A los pocos días miles de seguidores ya habían analizado hasta el último verso de la última canción del proyecto. Sí, el fenómeno fan en el caso de Swift es un factor clave, aun así, demuestra que el público sabe prestar atención a proyectos largos cuando quiere.
Modas cíclicas
Las modas también tienen un papel importante, y son cíclicas. En la década de los 60 un disco con menos de diez canciones era un habitual, pero entonces era frecuente que un artista sacara varios LPs en menos de un año. En los mejores años de la venta de música en digital, en torno al 2010, los discos de doce a quince canciones se convirtieron en el estándar, con un espacio de dos años entre cada lanzamiento. A comienzos de esta década, con una instaurada hegemonía del consumo de música por streaming, se hicieron cada vez más frecuentes los discos largos, de más de quince canciones, para acumular un mayor número de reproducciones. Ahora los debates y estudios sobre nuestro lapso de atención en la era TikTok nos conducen, de nuevo, a los discos cortos. De vuelta a los 60.
¿Calidad frente a cantidad? El debate está abierto. Personalmente, ¿por qué no cantidad y calidad? Hay discos como Confessions on a Dance Floor de Madonna, EMOTION de Carly Rae Jepsen o Folklore de Taylor Swift que no concebiría en una versión acortada. De hecho, ¿habrían tenido el mismo impacto de reducirse a nueve canciones y/o treinta minutos?











